Ciertamente es un esfuerzo improbable describir una cultura gastronómica en particular en un puñado de líneas. Más aún cuando se trata de los hábitos alimentarios de una población como la árabe, cuya historia transcurre a lentos respiros a lo largo de los siglos, donde el gusto evoluciona con la expansión y contracción de las fronteras extendidas entre continentes y los banquetes se plasman en diferentes creencias religiosas.
 
Los factores que influyeron principalmente en la extensión y evolución de esta cultura gastronómica estuvieron ligados a dos fuertes expansiones, primero del extenso territorio iraní, y luego de las zonas que pasaron a ser de dominio islámico. Antes de la llegada del imperio persa, las evidencias culinarias son escasas, pero entre ellas destaca una inscripción del templo de Ciro en Persépolis (325 a. C.) en la que se encuentran ingredientes aún en uso en el Irán actual: trigo, cebada, cordero y cordero, buey, pájaros, aves de corral, caza, leche y productos lácteos, por nombrar algunos.
 
Otro hecho clave se produjo hacia el año 642, cuando los árabes conquistaron un territorio que se extendía por toda la península arábiga, hasta Siria, Palestina y Egipto, dirigiendo entonces sus objetivos expansionistas hacia Europa. En poco menos de un siglo, el Islam se extendió desde la India hasta España, posibilitando una contaminación cultural sin precedentes, incluso desde el punto de vista gastronómico. Y aquí es que el arroz, caña de azúcar, plátanos y berenjenas fueron trasladados desde el vivero natural que es el actual Irán a la Península Ibérica y al mundo. 
 
La cocina árabe ha evolucionado posteriormente en un constante proceso de adaptaciones con otras culturas y a través de una relación un tanto problemática con la religión islámica, pero siempre y en todo caso imprescindible en la historia de la gastronomía occidental.